20180702

Nanke








por Rómulo Meléndez.


Tenía la boca hecha para besar, con unos labios que parecían inyectados de BOTOX. Pero no era así. Eran naturales. Sus ojos azules claros me hacían recordar el color de un cielo que no teníamos en Lima.

Sus largas piernas parecían zancos al caminar por la calle Peperstraat en Groningen. Era buena estudiante, aprendía con gran facilidad, sin hacer mucho esfuerzo.

La conocí en la universidad. Ella ya hablaba italiano, que había conservado, de sus años de AUPAIR en Génova. De donde de vez cuando venía un amigo adulto, para pasar una buena noche y de paso ella contarle sus penas y proyectos.

Su vida la pasaba estudiando, trabajando de mesera, pero sobre todo de estar enferma. Pasaba largas temporadas en cama con la cabeza vendada y en tinieblas. La migraña la mataba.

Era guapa e inteligente. Nunca logré entender por qué se sentía tan insegura.

Siempre saludaba a sus amigos, con un beso de lleno en la boca. Y decía dulcemente: Ciao bello! Eso sonaba irresistible.

Íbamos a todos lados juntos, a donde podíamos ir a escondidas. Soñamos una vez ir con dirección a Ámsterdam, en un auto cabrio.

Nos dejamos de ver cuando nos mudamos a otra ciudad. Ella se fue a Utrecht y yo a Ámsterdam. Cortamos la comunicación total cuando me enteré que había dormido con mi mejor amigo. A quien después de algunos años encontré y me contó que había tenido una mala experiencia. No me informó detalles. No le pregunté, tampoco.

Hace cinco años nos topamos en Rialto. Nanke estaba idéntica. No había cambiado nada. La saludé, me dio un beso en la boca y mi novia, de entonces, me quedó mirando. Me hice el loco.

Después no la vi más. 


De cuando en cuando busco a la gente que conocí a través de los medios sociales de internet o simplemente a través de un buscador.

Ayer encontré su nombre y apellido acompañado de una cruz. 


Lo único que me queda de ella es una receta de tiramisúSIN VéRTEBRAS. CíRCULO D.M.