Una noche de cine peruano en el corazón de Ámsterdam.

 

Introducción de la vicecónsul peruana Gabriela Huamán.


Por Rómulo Meléndez.

Ayer, en el mítico cine-teatro Tuschinski, en pleno corazón de Ámsterdam, tuvimos la oportunidad de asistir a una jornada de cine peruano organizada con la cortesía del Consulado del Perú, que invitó a los connacionales y a sus familiares a participar de este ciclo dedicado a nuestra cinematografía.

La experiencia tuvo algo más que el simple placer de volver a encontrarnos con historias del Perú lejos de casa. Las dos películas proyectadas —Islandia, de Ina Mayushin, y Pantaleón y las visitadoras, de Francisco J. Lombardi— pertenecen a épocas y registros cinematográficos muy distintos, pero terminan encontrándose en un territorio común: la Amazonía peruana y ese vasto y complejo espacio que durante décadas hemos llamado, no sin cierta incomodidad, el “Perú profundo”.

La primera película, Islandia (2023), nos conduce a la Amazonía de los años cincuenta. Emilia, una joven viuda, viaja con su pequeña hija por el río rumbo a Islandia, pero el bajo caudal las obliga a permanecer en Santos, un pequeño poblado amazónico. Allí se convierte en la primera maestra del lugar. Lo que inicialmente parece una circunstancia accidental termina transformando su vida y la de toda una comunidad.

Es una historia sobre la educación, pero también sobre la permanencia. Sobre cómo una persona puede quedar varada en un lugar y, paradójicamente, encontrar allí su destino.

Mayushin construye una Amazonía que no es únicamente paisaje. Es territorio humano: húmedo, aislado, vulnerable, pero también lleno de posibilidades. La película nos recuerda que alfabetizar no significa solamente enseñar a leer y escribir. Significa entregar herramientas para comprender el mundo, para relacionarse con el poder, para defender el propio trabajo y para imaginar un futuro distinto.

Y aquí, para quien ha nacido o crecido cerca de la selva, hay algo particularmente poderoso.

Como descendiente de la Amazonía, mientras veía Islandia tuve la curiosa sensación de volver a un territorio conocido. Casi podía oler la tierra húmeda después de la lluvia, sentir la densidad del aire y escuchar esa selva que nunca termina de ser silenciosa. Por momentos hasta eché de menos un buen juane de gallina.

Pero más allá de la nostalgia, la película plantea una pregunta profundamente peruana: ¿qué ocurre cuando el Estado llega tarde —o simplemente no llega— a determinados territorios?

De la maestra al capitán

Después llegó Pantaleón y las visitadoras, adaptación cinematográfica de 1999 dirigida por Francisco J. Lombardi, basada en la célebre novela homónima de Mario Vargas Llosa. El contraste no podía ser más interesante.

En Islandia, la llegada de una maestra a una comunidad amazónica abre una posibilidad de transformación mediante la educación. En Pantaleón y las visitadoras, la presencia del Estado se manifiesta a través de una institución militar que pretende organizar hasta la vida íntima de sus soldados.

El capitán Pantaleón Pantoja, interpretado por Salvador del Solar, recibe de sus superiores una misión secreta y peculiar: organizar un servicio de “visitadoras” para atender las necesidades sexuales de las tropas destinadas en remotos puestos de la Amazonía. Hombre metódico, disciplinado y absolutamente identificado con la lógica institucional, Pantaleón convierte incluso una tarea extravagante en una operación militar perfectamente organizada.

Pero la maquinaria comienza a descomponerse cuando el propio capitán sucumbe a la tentación y mantiene una relación con Olga Arellano, “la Colombiana”, interpretada por Angie Cepeda. Paralelamente, el periodista conocido como El Sinchi amenaza con revelar el secreto y utiliza la situación para presionar a Pantaleón.

La muerte de Olga precipita el desenlace. Pantaleón aparece uniformado en su entierro y, con ese gesto, termina haciendo público aquello que debía permanecer secreto. La institución militar reacciona enviándolo a una zona andina alejada, donde finalmente vuelve a aparecer junto a su familia realizando labores de alfabetización.

Y es justamente allí donde las dos películas, aparentemente tan diferentes, terminan dialogando.

Dos películas frente al mismo país.

Una maestra y un capitán. Una mujer que llega a una comunidad por accidente y termina dedicando su vida a educarla. Un militar que llega por órdenes de sus superiores y acaba, después del escándalo, destinado a una labor educativa.Dos personajes diferentes. Dos instituciones diferentes. Dos películas separadas por décadas.Y, sin embargo, ambas terminan hablando de lo mismo: la educación como una de las formas más profundas de intervención en el territorio peruano.

En Islandia, la alfabetización aparece como una posibilidad de emancipación y de construcción comunitaria. En Pantaleón y las visitadoras, aparece casi como un castigo burocrático para un oficial que ha quebrado la disciplina institucional. El contraste resulta incluso irónico: aquello que para Emilia constituye una misión vital, para Pantaleón termina siendo parte de su sanción.Ahí reside quizá una de las riquezas de este encuentro cinematográfico.

Las dos películas muestran una Amazonía que durante mucho tiempo fue mirada desde Lima y desde las instituciones como un territorio periférico, distante, difícil de administrar. Pero la selva no aparece solamente como escenario: es un personaje que condiciona las decisiones, transforma a quienes llegan y pone en evidencia las contradicciones del país.

En Islandia, la distancia geográfica revela la ausencia de educación y las desigualdades que pesan sobre las comunidades. En Pantaleón y las visitadoras, esa misma geografía permite el desarrollo de una maquinaria militar secreta, lejos de los ojos de la sociedad.

En ambas películas, además, el lenguaje del poder parece llegar desde fuera: el lenguaje de la escuela, de la burocracia, del Ejército, de los funcionarios, de quienes pretenden ordenar una realidad que muchas veces no conocen.

La mirada del cine sobre el Perú profundo.

Quizá por eso la jornada cinematográfica en Ámsterdam terminó siendo mucho más que una presentación de películas peruanas.

Para quienes vivimos fuera del país, contemplar estas historias tiene también algo de ejercicio de memoria. La distancia geográfica puede hacer que ciertas imágenes del Perú adquieran una intensidad inesperada: un río amazónico, una comunidad perdida, un uniforme militar, una escuela, una conversación en castellano, un paisaje húmedo.

El cine consigue entonces algo que ninguna postal turística puede conseguir: nos obliga a mirar nuevamente el país y, sobre todo, a preguntarnos qué país estamos mirando.

Islandia y Pantaleón y las visitadoras son películas muy diferentes en tono, época y lenguaje cinematográfico. Pero proyectadas una después de la otra adquieren una lectura nueva.

Una habla de una mujer que encuentra su destino enseñando a leer.

La otra, de un capitán que termina alfabetizando como consecuencia de una misión militar que se desmorona.

Entre ambas aparece una pregunta que sigue siendo vigente: ¿qué significa realmente integrar un país cuando existen comunidades para las que la escuela, el Estado y las oportunidades han llegado siempre tarde?

Quizá ese sea el verdadero mérito de un ciclo de cine peruano presentado lejos del Perú: permitirnos regresar, aunque sea durante unas horas, a ese país múltiple, contradictorio y todavía inacabado que llevamos dentro.

Y hacerlo, además, desde la oscuridad acogedora de una sala de cine en Ámsterdam, donde la Amazonía peruana puede aparecer en la pantalla y, por un instante, devolvernos el olor de la tierra mojada.

Y también, por qué no decirlo, las ganas de un juane. CINEMA PARADISO. CíRCULO D.M.

 

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