20190505

El paciente vasco I.M. Theo Beusink



L.S. 
A continuación pueden escuchar y leer una de las miles de historias donde el Padre 
Theo Beusink tiene un papel importante en la vida de hispanoparlantes.
Gracias a Irene Dammers, locutora de Círculo Dilecto Radio, se logró contactar con Arantxa Aldalur
Juan Azpillaga para que evoquen su propia historia vivida en Ámsterdam.









Corre el año 2012. Finales de agosto. Nuestros hijos nos han regalado un viaje de tres días a Amsterdam. ¡Qué detalle más bonito! Es una ciudad por la que nos hemos sentido atraídos desde hace años, pero que nunca hemos tenido la oportunidad de conocer. Pues bien, ahora lo haremos.
El viaje hasta la capital holandesa transcurre con normalidad. En el aeropuerto tenemos alguna dificultad para comprender los pasos a realizar para comprar el billete de tren que nos llevará al centro, pero gracias a la ayuda de unos jóvenes catalanes, solventamos la situación.
Una vez asentados en el hotel, aprovechamos los dos primeros días para visitar la ciudad. Estamos encantados, disfrutando muchísimo de los lugares que vamos viendo. Damos un paseo en barco por los canales. Nos llama la atención el cartel anunciador de una exposición sobre el cineasta Stanley
Kubrick. Caminamos por la Plaza Dam, llena de gente y bicicletas, y sus alrededores. Visitamos el Van Gogh Museum, así como el museo de la ciencia. Tomamos una cerveza en una de las tiendas de Heineken. Vemos el curiosísimo museo del bolso. Y, cómo no, el mercado de las flores, donde nos
hacemos con una considerable cantidad de bulbos.
Llegada la hora del almuerzo, decidimos sentarnos en la Plaza Renbrandt para comer unos noodles mientras escuchamos la actuación de un músico acompañado de su guitarra.
Es la hora del café. Después de tomarlo, siento cierto malestar en el estómago. Decido salir a tomar un poco de aire. En lugar de mejorar, el malestar aumenta hasta convertirse en dolor. Un dolor que cada vez es más fuerte, hasta hacerse insoportable. Me retuerzo en el suelo. Arantxa pide ayuda. Está lloviendo. Al rato, advierto que vamos en una ambulancia.

Nos encontramos en el hospital OLGV de la calle Oosterpark. Juan está ingresado en la habitación A6 y yo, con la maleta y los bulbos de tulipanes, esperando a la intérprete de habla hispana del hospital.
Aparece Irene, una mujer de semblante sereno, con la que ultimo los papeles del seguro. Ella me habla de un religioso que puede ayudarme. Se llama Theo y, tal como lo define Irene, es un holandés de alma española.
A las pocas horas se presenta en el hospital y comienza una conversación interesante, muy cercana y profunda. Theo conoce muy bien el conflicto político de los vascos, la basílica de Loiola, cuna de los jesuitas, el parlamento vasco, nuestra gastronomía, nuestro queso de Idiazabal y nuestro pacharán. Y es que Theo está en constante contacto con turistas españoles y vascos con los que
trabaja como guía turístico.
Me narra una vivencia personal y un poco misteriosa relacionada con una de sus visitas a la basílica de Loiola. Una mujer que no conocía, le regaló una botella de pacharán y le pidió un brindis en honor a sus familiares vascos que vivían en Holanda. Yo le comento que ya le enviaré unas plantas de pacharán para la Casa Migrante.
A raíz de esta historia, Theo no pierde ocasión de celebrar grandes acontecimientos, y me comenta cómo el día en el que ETA abandonó la lucha armada, él lo celebró con una copa de pacharán.

Mi estado no mejora, al contrario, es tal el dolor que reclamo morfina para aplacarlo, cosa que sucede, pero sólo durante unas pocas horas. Arantxa me dice que tengo los ojos muy abiertos, como si se me fueran a salir de las órbitas. No debo de tener muy buen aspecto. Uno de los médicos que me
atiende me dice en inglés: “You are very strong”. Ojalá sea cierto y mi cuerpo responda positivamente.
Los médicos deciden ingresarme en la Unidad de Cuidados Intensivos. Según me llevan en la camilla, me parece reconocer los pasillos y lugares que veo, así como a los médicos que me acompañan, como si ya hubiera estado allí anteriormente. Más tarde sabría que se trataba de delirios provocados por la enfermedad y la morfina.

Juan está en la Unidad de Cuidados Intensivos. Theo ha venido a visitarnos y me ayuda un poco con el holandés. Tomamos un café en la cafetería y la conversación nos lleva al Santuario de Aránzazu. Le hablo del significado religioso del lugar, de la aparición de una imagen de la Virgen entre unos
espinos (origen del nombre de la basílica y del mío propio, Arantxa) y de la peculiar fachada del edificio con puntas que sobresalen, emulando espinas.
Theo me escucha atentamente. Le hace mucha gracia la historia de los 13 apóstoles que se encuentran en la entrada principal, según la cual al preguntarle al escultor por la razón de que hubiera un apóstol de más, respondió que lo hizo porque no cabían más; otras versiones hablan de que la razón fue que en un tipo de embarcaciones del País Vasco llamadas traineras, los tripulantes son 13. En todo caso, cualquiera de las dos versiones es válida.
Es impresionante la confianza que transmite Theo. Y es que ¡parece que nos conocemos de toda la vida! Nunca he conocido a nadie como Theo. Desborda tanta humanidad y sabiduría, que su compañía se convierte en un gran placer, algo que resulta extremadamente valioso en una situación tan dramática.

La estancia en la UCI se me hace larga. En la televisión veo partidos de tenis (creo que del Open USA), pero pierdo la concentración fácilmente.
Tras varios días, salgo de la UCI y me trasladan a una habitación en la que estoy con otros tres pacientes. Me llama la atención que las habitaciones sean mixtas.

Estos días recibo la visita de mi hermano que, preocupado por mi situación, decide coger un vuelo para ver cómo estoy. Ayuda a Arantxa en los trámites para intentar que me repatríen y que los gastos corran a cargo del consulado español.
El trato humano de los trabajadores del hospital es exquisito, nos sentimos realmente protegidos y cuidados. Tal es así que, a pesar de que sólo se permiten visitas externas por la tarde, a Arantxa le dejan venir a verme a partir de las 9 de la mañana. Además de esto, la dietista del hospital ordena que
traigan una ración de comida de más para Arantxa, como si se tratara de una paciente más. ¡Muchísimas gracias! Y qué decir de Irene, la intérprete del hospital, una persona encantadora con la
que en seguida congeniamos y supuso una especie de salvavidas para nosotros, puesto que de otro modo no nos podíamos comunicar con el resto de personas. ¡Gracias Irene!
Hoy Arantxa viene acompañada de un señor mayor que se presenta como Theo. Parece ser que Arantxa le ha conocido a través de Irene. Lo que me llama la atención en él es su serenidad, unida a cierto humor. No me habla con la gravedad y seriedad que cabría esperar, sino que transmite alegría y
optimismo. Advierto que Arantxa ha logrado llegar a tener un grado de confianza con él que le hace sentirse mejor. Esto me alegra mucho. Pienso que Theo va a ser una referencia fundamental mientras estemos en Amsterdam. Y probablemente después también.

Estamos de nuevo en planta. Theo nos visita todos los días y su conversación siempre es muy interesante. Su lucha y compromiso con la justicia social es palpable todos los días.
El día que conocí a Theo, conocí también su agenda, una agenda de papel donde guarda los datos de todos los “migrantistas” que va conociendo en su trabajo diario. Conoce al camarero catalán del “Pica-Pica”, restaurante donde, acompañados de Anjel, el hermano de Juan, comemos jamón ibérico. También conoce a Antonio, el sevillano de Triana y camarero del “Pata Negra”, donde
disfrutamos de unas patatas bravas y unas gambas.
Estamos en el Consulado español para pedirles la repatriación de Juan al hospital de Donostia. El cónsul, un señor elegante y diplomático, nos visita en el hospital, pero, a pesar de que muestra preocupación por la salud de Juan, nologramos que sea repatriado a cuenta del Estado Español.
Theo tiene otra visión de la vida, otra manera de ayudar a la gente. Yo le llamo “Theo Handia”, que en euskera, la lengua de los vascos, significa “Theo el grande”. Grande en sabiduría, grande en humildad, grande en humanidad, grande en humor, en fin, una persona con un gran corazón.
Me habla de que recibió la “Medalla de Isabel la Católica” de manos del cónsul y el embajador español. Habla con ironía de la placa con la estrella que le regalaron. Dice que lo más significativo fue que en su discurso introdujo un nuevo concepto inventado por él: el de “migrantista”, una idea por la que ha luchado toda la vida.
La visita que hoy nos hace Theo es especial. Trae en sus manos una fotografía de 1966, en la que aparece él bajo una pancarta en la que se leen palabras a favor de la lucha de ETA y en contra del régimen franquista. Es sorprendente y emocionante. Así es Theo, una grandísima persona.

Mi estado de salud empeora. Debido a la retención de líquido, llego a estar casi 20 kilos por encima de mi peso normal. Mis fuerzas están muy mermadas. Desde que ingresé en el hospital he permanecido en cama, por lo que cuando estoy con el fisioterapeuta tengo que hacer serios esfuerzos por caminar, ayudado de un andador, y para levantar pequeños pesos.
Pienso que tengo que seguir adelante, que no puedo rendirme, que tengo dos hijos que me esperan en casa. Gracias a que todos los días viene Arantxa a estar conmigo. Es increíble la alegría que siento cuando la veo entrar en la habitación a las 9 de la mañana. Gracias a las visitas de Theo y sus ánimos.
Gracias a Irene, que nos brinda la posibilidad de comunicarnos sin el problema del idioma.
¡Juan, hay que seguir luchando!

Irene nos explica el estado de salud de Juan. Nos pregunta si queremos participar en un estudio de investigación de casos de pancreatitis. Con mucho cariño y paciencia, nos explica paso a paso todo el proceso. Theo nos visita al atardecer y, después de leer el informe médico y la propuesta acerca del
estudio, dice: “Al final, en Holanda van a agradecer que un vasco deje su sangre aquí”. Al despedirse, lo hace como siempre, repitiendo las mismas palabras: “Fuerza y paciencia”

Tras 50 días ingresado en el hospital, mi estado de salud mejora un poco, de manera que me encuentro en una situación bastante estable, dentro de la gravedad. Mi médica nos dice que estamos en el momento de decidir qué hacer: trasladarnos a nuestro país en un avión medicalizado o quedarnos en el hospital, con el pronóstico de un largo ingreso. Nos decidimos por la primera
opción.
Llega el día de la despedida. Sentimos que dejamos en el hospital OLGV de Amsterdam una parte de nuestras vidas, una experiencia dura, pero a la vez conmovedora.
Somos trasladados en una ambulancia al aeropuerto, o más bien a la pista donde está estacionada la avioneta que nos llevará a Donostia. Hace sol. Después de 50 días sin salir del hospital, es tan placentero sentir el aire fresco en la cara… Me colocan en una estrecha camilla dentro del avión. Arantxa está sentada un poco más adelante. Además del piloto, vamos acompañados de
una médica y un enfermero. Despegamos. Veo el cielo holandés a través de las pequeñas ventanas.
Hasta pronto, Theo. Hasta pronto, Irene. Beti egongo zarete gure bihotzean.
Siempre estaréis en nuestro corazón.

Euskal Herria, 2019-05-01. SIN VéRTEBRAS. CíRCULO D.M.