20090915

meditar en bici



por: María Cahuste Napinte


Ayer, el sol entre lluvia y lluvia, lo aproveché para ir a ver a un amigo, que trabaja en el barrio repijo de Ámsterdam, situado en los márgenes del Vondelpark.

Iba yo con mi bicicleta calvinista, la llamo así porque es austera como todas las que ruedan por la capital holandesa, recorriendo esas calles bien cuidadas con sobrios pero elegantes edificios, de cuatro o cinco alturas como mucho.

Me fijé en los coches aparcados. Todos eran 4x4 o deportivos de esos que no son de pega, como los coches tuneados. Me di cuenta de que provocaba una sensación agradable en mí el pasear en bici entre la riqueza o el barrio de los ricos. Empecé a meditar mientras observaba: ¿Me gustaría vivir ahí y de esa manera?. Vi un Porsche azul, y me pregunté si querría tenerlo. Primero, no lo voy a negar, respondí que ¡sí!

Inmediatamente después del ¡sí!, me di cuenta de que si no he destinado mi dinero a lujos, es porque no los considero necesarios. Era muy agradable pasear en bici por ese barrio, pero no me daban ninguna envidia sus habitantes. Ellos tienen en ese tipo de barrio, su burbuja, y yo tengo la mía, que es muy permeable.

Aparqué la bici para visitar a mi amigo. Cuando volví a por ella, el semáforo estaba en rojo para peatones y todos los coches parados. Percibí, por el rabillo del ojo, un BMW negro brillante parado el primero de todos. Me decidí a cruzar los tres metros de calle, en ese momento el BMW aceleró mientras estaba yo con mis pies en el asfalto. De un saltito llegué a la acera.

¿A qué viene tanta mala leche, cuando se vive en ese barrio y se conduce semejante coche?

¡Por favor, Dios! ¡Que me quede como estoy! DISTORSIONES. CíRCULO D. M.