Ricardo Cuadros: las formas de la incertidumbre.
Entrevista realizada por Rómulo Meléndez.
Hay escritores que construyen una obra y otros que, además, construyen y reconstruyen alrededor de ella una serie de preguntas. Ricardo Cuadros parece pertenecer a esta segunda estirpe: la de aquellos autores para quienes escribir no consiste únicamente en producir una obra sino también en interrogar las condiciones de posibilidad de esa obra, sus límites, incluso su legitimidad.
Siempre ocupado en su casa de Ámsterdam — entre lecturas, clases, conversaciones y largas caminatas por los parques de la ciudad —, Cuadros ha hecho de la distancia una forma de conocimiento y de la extranjería una posición desde la cual mirar.
Escritor y fotógrafo, nacido en Concepción, Chile y radicado desde 1980 en los Países Bajos, su trayectoria intelectual se despliega entre Chile y Europa, entre la memoria y la invención, entre la imagen y la palabra.
Hay una cuestión que parece atravesar, como una corriente subterránea, buena parte de su escritura: la incertidumbre acerca de quién habla, quién mira, quién recuerda y, sobre todo, quién puede reclamar la propiedad de una frase y decir, sin dudarlo ni sonrojarse: «esto lo escribí yo».
Su obra más reciente, X de Max (RIL editores, 2026) lleva esta sospecha hasta sus últimas consecuencias: el libro tiene algo de novela, algo de archivo, algo de arte conceptual, algo de artefacto detectivesco y parece envuelto en una interrogación de orden filosófico:
¿qué queda de una obra cuando dejamos de saber con certeza quién la produjo?
En Ámsterdam, ciudad desde la que Cuadros ha construido buena parte de su vida intelectual y literaria, conversamos sobre literatura y extranjería, fotografía y verdad, cine y montaje, Chile y memoria, género y autoría, fracaso y creación. No para descifrar X de Max —una obra que parece resistirse deliberadamente a toda clausura interpretativa—, sino para internarnos en las preguntas que la novela abre y deja, deliberadamente, sin una respuesta definitiva.
1. En X de Max aparece una duda fundamental: «¿quién escribió?». La pregunta parece desbordar el ámbito de la novela para convertirse en una concepción de la literatura. ¿Es posible que la escritura alcance su forma más radical cuando el escritor deja de considerarse dueño de aquello que escribe?
La autoría literaria tiene por lo menos dos caras. Una misteriosa, que corresponde a la persona, el cuerpo que compuso y escribió el libro; la otra cara es visible y acompaña la publicación en calidad de autor o autora. Esta diferencia suele pasar desapercibida, pero es enorme: el cuerpo que escribió la obra es el de alguien que come, sufre, viaja o vive encerrado, estudia, etc. Estamos hablando de una persona entre millones de personas, que cuando el libro se publica enfrenta una situación inevitable: sale del anonimato y entra en la dimensión social de la literatura: su fecha de nacimiento, su educación, su género, muchas veces su retrato, todo queda a la vista en la portada. A partir de ese momento es el autor o autora de un libro. Si llega a ser conocido incluso se hará público con quién se acuesta, qué tipo de drogas prefiere, dónde pasaba sus vacaciones de infancia, si le gusta más el brócoli o la coliflor, etcétera. El proceso creativo que le consumió la vida para llegar al libro quedará convertido en un relato biográfico, una identidad editada, es decir se trata de la creación de un nuevo personaje: el autor o autora del libro.
La ficción tiene la capacidad de convertir todo lo que toca en ficción.
El personaje principal de X de Max, Max Miranda, que para mí representa al escritor consciente de este hecho, tiene muy claro que entre lo que otros digan de él y su propia vida hay una distancia insalvable. Lo que Miranda quiere defender es su existencia fuera del lenguaje, pero claro, la paradoja es que en tanto personaje de X de Max no tiene escapatoria: solo le queda reflexionar al respecto. Yo tampoco, en tanto autor del libro, tengo escapatoria: he entrado en el reino de la ficción literaria y tengo que asumir las consecuencias, que pueden ser divertidas y saludables, pero exigen atención para no decir demasiadas tonterías.
2. En X de Max destaca usted también la importancia de la lectura.
Una figura como Max Miranda solo cobra sentido cuando hay quienes aseguran que sí escribió, que sí es el creador de los relatos publicados en la revista Poopó [editada por Ángel Morandé, uno de los personajes del libro]: parafraseando a Pirandello, es necesario que haya obras en busca de un autor. En X de Max hay nueve cuentos de este tipo, que sirven a los personajes que rodean a Max Miranda para discutir sobre la autoría de estas obras y el tema de la autoría literaria en general.
El libro también incluye lectores que se sintieron o fueron afectados por alguno de los cuentos, por ejemplo - en el capítulo final - el joven que leyó ‘El canto y el cuchillo’ en Poopó y narra lo que significó para él esta lectura. Este personaje, a diferencia de los otros, no muestra el menor interés por el autor o autora de ese relato o del libro entero; solo le interesa lo que para él significó leer ese cuento. Max Miranda es al fin y al cabo un pretexto para reflexionar sobre la autoría literaria y, no menos, sobre los efectos que puede causar la lectura.
3. Cartas, fotografías, poemas, cuentos y testimonios aparecen en la novela bajo la apariencia de documentos. El archivo parece garantizar una relación privilegiada con la verdad, aunque sabemos que también puede ser construido, manipulado y ficcionalizado.
Lo que la literatura desordena y recompone es nuestra noción de lo real, es decir el modo en que percibimos el mundo y nos hacemos una idea de las cosas, de la gente, de nosotros mismos. Yo comencé a escribir en la pubertad porque no me sentía a gusto en el mundo en que vivía: necesitaba ensanchar mis horizontes, escapar de alguna manera de la provincia latinoamericana donde me tocó nacer. Me sentía más a gusto en compañía del narrador de El lobo estepario [Herman Hesse] o del protagonista de Las aventuras de Arthur Gordon Pym [Edgar Allan Poe] que en mi casa o el colegio y de repente me di cuenta de que yo también podía crear una realidad paralela, más acorde con mis terrores y deseos, mediante un relato o un poema. ¡Fantástico! Desde entonces he vivido varias vidas, pero X de Max es un libro que responde al mismo impulso de crear una noción de realidad inexistente antes o fuera del libro, antes o fuera de la literatura.
4. ¿Le interesa la ficción porque permite inventar otras realidades o, por el contrario, porque pone de manifiesto que aquello que llamamos realidad nunca deja de ser, en alguna medida, una construcción narrativa?
Inventar realidades, hacer ficción, es algo muy primitivo. No me cuesta nada imaginar una tribu arcaica, todos aterrados ante los truenos y rayos que llegaban con el invierno, hasta que un astuto levantó la mano y dijo: eso es obra de alguien más poderoso que nosotros, un dios. A partir de ahí en torno al fuego comenzaron a inventar historias sobre dioses y una generación más tarde ya tenían una religión.
Nosotros somos hijos de una civilización veloz, ultra tecnificada, pero seguimos inventando historias para tratar de entender la vida, algo muy semejante a lo que hacía una tribu arcaica bajo los rayos y los truenos en invierno. Cada época tiene sus propios sueños y sus terrores y la literatura es una forma de hacer que los sueños prevalezcan sobre los terrores. En X de Max creo que la revista Poopó ocupa el lugar de la fogata primitiva y los amigos y familiares de Max Miranda, incluso él mismo, hablan, discuten y narran alrededor de ese fuego en busca de algo indeterminado pero valioso, algo como sus propias identidades.
5. X de Max dialoga con una genealogía literaria particularmente fecunda: manuscritos encontrados, autores inexistentes, falsas atribuciones, bibliotecas imaginarias y obras que ponen en crisis la identidad de quien las firma. Pienso, inevitablemente, en Borges, Pessoa, Bioy Casares, Bolaño o Vila-Matas. ¿Dónde situaría su novela dentro de esa tradición?
La tradición que usted menciona es muy antigua y yo nací un poco viejo, así es que me gusta pertenecer a ella. La huella de obras sin autor o de autoría discutible nos lleva hasta Homero y Las mil y una noches, y más cerca nuestro a Cervantes que de repente, medio de pasada, en el capítulo once de la primera parte nos dice que El Quijote no es obra suya sino de un tal Cide Hamete Benengeli. La primera vez que leí este pasaje, en la adolescencia, quedé pasmado: ¿Qué? ¿A qué está jugando Cervantes? ¿Por qué inventa un escritor árabe? Sus razones habrá tenido. A mí esto me dio alas para escribir sin preocuparme de mi persona como autor. La figura de Fernando Pessoa fue para mí también determinante: él prefirió transfigurarse ¿no? Pessoa, que en español significa ‘persona’, palabra que remite a ‘máscara’, tenía claro desde su nacimiento que sí, él era Fernando, pero en tanto ‘Pessoa’ bien podía inventar identidades. Creó cuatro poetas heterónimos y como si fuera poco nos dejó también su Libro del desasosiego. Para mí lo que hizo Pessoa es lo máximo que puede hacer un escritor para disfrutar de la vida y la literatura, incluidas sus desgracias. X de Max, tal como usted dice, dialoga en la medida de sus posibilidades con esta tradición que pone el énfasis en la obra, antes que en la autoría.
Y siempre a propósito de falsedades en la literatura, me viene a la cabeza la famosa frase ‘Madame Bovary c’est moi’ de Gustave Flaubert. Resulta que él nunca la dijo: nació como cotilleo de la amiga de una amiga que se la oyó a Flaubert o algo por el estilo, y pegaba tan bien que se la atribuyeron y quedó así para siempre. Max Miranda soy yo, por supuesto, lo mismo que Gerda Bloemendal [protagonista del cuento ‘El doble duelo de Gerda Bloemendal’] y los adolescentes del poema ‘La razón limita al norte con el matadero’ de Gregorio Miranda, pero hablando en serio: ¿quién soy yo? A veces un dolor inmenso, a veces una alegría que me sobrepasa. ¿Ve usted? Ya estoy haciendo literatura.
6. Usted habita dos territorios que tradicionalmente han mantenido relaciones distintas con la verdad: la fotografía y la literatura. Una fotografía parece decir «esto estuvo allí»; la literatura puede decir abiertamente «esto nunca ocurrió». Y, sin embargo, ambas pueden producir ilusiones de realidad. ¿No son, en el fondo, dos tecnologías distintas de una misma operación: producir una ausencia y hacerla pasar por presencia?
En las páginas de X de Max aparecen cuatro fotografías. No son ilustraciones sino partes integrales de la ficción. El retrato de Max, por ejemplo, es una foto que hice a comienzos de los años setenta en Concepción: sé que la hice yo porque tengo el negativo, pero a pesar de intentarlo de muchas maneras, no he llegado a saber quién es la persona fotografiada. Me parece una imagen enigmática, hice una copia en papel y mientras escribía le echaba una mirada de vez en cuando, hasta que una noche soñé que me hablaba: ‘hola, ¿te acuerdas de mí? Soy Max Miranda’. Ah, vale, pensé aliviado: ya tengo la foto del personaje principal del libro. Fue así como una imagen de mi archivo fotográfico entró en la ficción narrativa. Quizás alguna vez me reencuentre con el hombre fotografiado, que ha de tener mi edad o poco más: el diálogo entre nosotros después de tanto tiempo podría ser genial, o desastroso, quién sabe. Lo mejor sería que comenzara él, diciendo: ‘hola Ricardo ¿te acuerdas de mí?’. ¡Otra novela!
En sus orígenes la fotografía puso patas arriba el mundo de la representación. Tal como usted dice, una foto venía a decir algo insólito: en este pedazo de papel hay algo ‘que estuvo allí’; lo que vemos es un reflejo de la realidad. La fotografía barrió con el realismo pictórico y abrió el camino a las vanguardias, que pudieron ocuparse de zonas más inestables de lo humano, adentrarse en los secretos de la mente moderna. La fotografía representaba lo real y lo hacía tan bien, de manera tan sintética, que la gente llegó a creer que ‘una imagen vale más que mil palabras’. Pero claro, esta frase oculta el hecho de que una fotografía es un recorte de lo que estaba delante de la cámara en el momento de apretar el obturador: es un registro mecánico y frío de algo, un cuerpo, una cosa, que sí estaba presente en el lugar y momento de ser fotografiado, pero no era necesariamente como aparece en la foto.
La fotografía no registra la realidad, lo que hace es facilitar una interpretación mediante imágenes fijas. Viene a ser lo mismo que hace la literatura con palabras. Se trata, como usted bien dice, y disculpe que le responda con su pregunta pero no se me ocurre otra mejor, se trata de dos tecnologías que apuntan a lo mismo: producir una ausencia y hacerla pasar por presencia. En mi caso, como le contaba a propósito del retrato apócrifo de Max Miranda, se trata de llevar al límite las posibilidades de la fotografía como representación no de lo que vemos en la imagen sino de lo que alguien, con poder para hacerlo, en este caso su propio autor, decide que represente.
7. Su relación con el cine parece especialmente significativa para comprender su manera de construir una narración. Contar supone seleccionar, encuadrar, ocultar, yuxtaponer, establecer ritmos y decidir desde dónde se mira. En X de Max, además, materiales heterogéneos producen sentido por montaje, más que por explicación. ¿Piensa sus libros cinematográficamente?
El cine se asentó en nuestro imaginario mucho, muchísimo después de la literatura, pero a partir de los años veinte del siglo pasado, es decir cuando apenas estaba naciendo, entró en diálogo con las vanguardias narrativas: James Joyce fue un gran cinéfilo, William Faulkner escribió guiones y vio decenas de películas, Borges fue crítico de cine. El caso de Proust es interesante porque se declaraba enemigo del cine, lo encontraba superficial, pero sus técnicas narrativas fueron más tarde adoptadas por el cine: o sea que Proust fue cinematográfico a pesar de sí mismo y avant la lettre. Los novelistas latinoamericanos del Boom fueron todos declarados admiradores y estudiosos del cine. ¿Cómo podría yo, o cualquier escritor o escritora contemporáneos, escapar a la influencia de las películas y de los métodos narrativos del cine? Imposible. Y al revés, por supuesto, el cine depende en gran medida de una historia bien planteada, de un guión, diálogos, secuencias dramáticas, literatura.
X de Max no es libro hecho para ‘leerse como una película’ ni responde a la broma, bastante seria, que dice ‘no tengo tiempo para leerlo, voy a esperar a que hagan la película’, pero hay en él varias referencias cinematográficas. Por ejemplo en el cuento ‘Mañana duermo afuera’, me lo hizo ver una amiga hace un tiempo. La referencia es Easy Rider de Dennis Hopper. En la película el vehículo son las motos, en el cuento un Ford Mustang; en la peli los desadaptados son dos hippies, en el cuento una chica solitaria, y todos se dan citan con la muerte en una carretera. No lo escribí pensando en la película, pero cuando me lo dijeron, sí claro, he visto muchas esa peli, me impresionó mucho la primera vez y me sigue gustando. La película de Hopper estaba en el almacén de mi inconsciente y se coló sin aviso en la escritura. La verdad es que no sé cuántas otras referencias cinematográficas habrá en lo que escribo, desde temas y personajes hasta modos de construir la narración, pero sí sé que la literatura y el cine mantienen una relación fuerte de servicios y robos mutuos, muy productiva.
8. En X de Max tenemos a Gregorio Miranda, que encarna una figura menos frecuentada por la literatura que la del escritor triunfante: la del escritor que pudo haber sido y finalmente abandona la escritura. En una época en que la creación artística se ha convertido también en carrera, identidad, profesión y capital simbólico, ¿qué significa realmente fracasar como escritor?
Para un creador conocer el fracaso es fundamental. Son muy pocos los artistas o escritores que no saben nada de la amargura que te cae encima cuando sientes que tu trabajo no está bien hecho, que no has logrado expresar lo que querías. Porque el fracaso creativo es una cuestión íntima, lo mismo que el éxito: nadie más que uno mismo puede juzgar lo que uno hace. Después, cuando el libro sale a la venta o lo regalas es humano esperar comprensión y elogios, pero si la base del propio juicio es firme, puedes aguantar de pie incluso la crítica más despiadada. Ahora, si la base no es firme puedes pasarlo muy mal, incluso si recibes elogios. El caso de Gregorio Miranda me interesó porque expresa, digamos, una variación sobre el tema del propio juicio sobre la propia obra. Los poemas que escribió fueron bien apreciados por un lector riguroso como el editor y dueño de Poopó, Ángel Morandé, que se los publicó en el último número de la revista. Pero a Gregorio le faltó el visto bueno, la aprobación de su ídolo literario, su padre. Gregorio no se hizo cargo de su propia fuerza y se quedó esperando a que su padre le dijera ‘hijo mío, eres poderoso como el agua’ o algo por el estilo y como padre no dijo nada, Gregorio dejó que su talento se muriera de hambre y sed. En versiones anteriores de X de Max Gregorio era candidato fijo a la auto destrucción ¡o candidato a crítico literario!, pero en la versión actual lo salvó el amor. Así de simple: el amor de una mujer, el hijo que tuvieron juntos y la reconciliación con su padre. He conocido a más de un Gregorio Miranda, son personas que parecen a punto de estallar, los persigue el fantasma del fracaso no asumido, pero en este caso todo termina bien.
9. Después de más de cuatro décadas fuera de Chile, la distancia temporal y geográfica necesariamente transforma la relación con el país de origen.¿Escribe sobre el Chile que recuerda, sobre el Chile que imagina o sobre un Chile que quizá solo puede existir porque usted ya no vive allí?
Cuando salí de Chile en 1978, en plena dictadura, sin dinero ni destino fijo, lo hice convencido de que nunca volvería. Tenía 23 años y Chile, en particular la ciudad donde nací y viví hasta partir, Concepción, representaban lo que debía abandonar para llegar a ser lo que deseaba ser. ¿Y qué era esto, lo que deseaba ser? Escritor.
Sueño implacable, dura realidad. Ha transcurrido casi medio siglo, en Chile tengo familia y amigos muy queridos, a fines de los noventa intenté incluso reinstalarme en Santiago, pero a poco andar ya estaba de vuelta en Ámsterdam. Mi distancia con Chile se ha hecho bastante flexible, por decirlo de alguna manera. A veces es tan corta que no existe, por ejemplo ciertas noches en el patio donde tengo mi taller, en mi casa en Ámsterdam. Sucede que el patio colinda con una panadería y a eso de las tres o cuatro de la madrugada, cuando me voy a dormir, el aire está lleno del aroma del pan recién hecho. Este aroma es el mismo de mi infancia cuando visitaba a mi abuela en San Carlos, cerca de Chillán. Aspiro el aire de un patio amsterdamita y estoy en San Carlos de Chile: distancia cero. En otros asuntos, sociales y políticos, mi distancia con Chile puede llegar a ser enorme, sin ir más lejos hoy en día cuando tenemos un gobierno de ultraderecha elegido democráticamente; me parece un retroceso cultural deprimente. En cualquier caso, es bueno agregar que la batalla política es interminable, que los gobiernos duran apenas cuatro años y suelen cambiar de signo y orientación, en cambio el aroma del pan a las tres de la mañana es algo eterno.
10. En X de Max aparece una desconfianza hacia categorías como «literatura de mujeres» o «literatura de hombres», pero nuestra época ha devuelto al centro de la interpretación literaria cuestiones de género, identidad, origen, cuerpo y relaciones de poder. ¿Cómo defender la autonomía estética de una obra sin caer en la ilusión de que las obras existen al margen de la historia y de los cuerpos que las producen?
La idea de la autonomía estética de la obra literaria en relación con la sociedad es absurda. Uno nace en un lugar y le debe el idioma a su madre y el entorno inmediato, antes de saber leer y escribir ya tenemos costumbres, a los cinco o seis años ya somos ciudadanos en formación, pero no es lo mismo serlo en Pekín, Sídney o Montevideo, por poner lugar extremos. Y tal como no es lo mismo pertenecer a una u otra lengua y cultura, tampoco lo es llegar a la edad de escribir o hacer arte siendo mujer u hombre, homosexual, bisexual, autóctono o extranjero, dueño del despacho o secretaria. Las señas de identidad de un escritor son siempre numerosas y van a dar a la escritura, al oficio de narrar, de manera aleatoria y única:
el resultado es un individuo, una persona igualmente única, pero siempre en relación con un medio social. Usted y yo tenemos la suerte de vivir en una región de Occidente donde hay leyes que garantizan los derechos básicos de la gente y la libertad de expresión, de reunión, de identidad sexual, de igualdad de género, pero bien sabemos que estas libertades y derechos fueron conquistados, no regalos de nadie, y por lo demás están siempre bajo asedio. Y no muy lejos de aquí pueden mandar a la horca a un chico por acostarse con un chico o le prohíben a una mujer salir a la calle sin el marido o un hermano. Todo que lo que hacemos es corporal, y los cuerpos están sometidos permanentemente a pruebas de resistencia derivadas de vivir en sociedad.
Bonus.
En un tiempo saturado de imágenes, películas, series, redes sociales e inteligencia artificial, ¿qué puede hacer todavía una novela que no puedan hacer otros medios? Después de todo lo que X de Max pone en duda —la autoría, la memoria, la identidad, la realidad misma—, ¿por qué seguir escribiendo?
Para mí escribir es una pulsión, un decreto mental, y si no tengo lápiz y papel o computador a mano escribo hablando solo, contando historias, inventando diálogos o poemas, dando golpes de cátedra ante una cámara imaginaria. A las personas que viven cerca de mí, las veces que me pillan, todo esto les causa risa, pero a veces también susto, cuando la historia es de terror o el poema un poco porno. Escribir me ha ahorrado muchas horas de sicoanálisis. Desde hace unos años me divierto mucho escribiendo, pero no siempre fue así: mi primera novela [Orientación de Celva, 1993] me tomó años de reescritura y pasé épocas completamente aislado, más loco que cuerdo, machacando las teclas de una máquina de escribir. Escribir una tesis doctoral me enseñó a elaborar ideas, ejercicio que causa un dejo de locura distinto al de la ficción o la poesía, y cuando volví al cuento y la novela lo hice con menos temor a perder la cabeza. Tal como usted dice vivimos en un tiempo saturado de imágenes e información, pero el espacio para agregar algo a la comprensión del ser humano mediante una novela o cualquier obra de arte, ese espacio es infinito.
No concibo la existencia sin escribir, y esto significa que tampoco la concibo sin leer y conversar, de manera que la pregunta de por qué o para qué hacerlo no tiene más respuesta que porque si no lo hago me caigo muerto. SIN VéRTEBRAS. CíRCULO D.M.

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